Y cuando lo que necesitamos y tenemos
al alcance de la mano no lo podemos poseer, ¿dónde queda la
esperanza en este mundo de ser feliz? Si todo lo que quieres lo
tienes a diez centímetros, ¿quién tiene derecho a exigirte que
sonrías cuando sabes que te costará la vida misma volver a
encontrarlo? No tiene nada que ver con el amor, no tiene nada que ver
ni de lejos con un te quiero, tiene más que ver con el hecho de que
todos buscamos cosas concretas en esta vida que nos hagan un poco más
felices y cuando las encontramos es difícil no luchar por ellas.
Salvo para la gente tan orgullosa que
prefiere sufrir conscientemente a sufrir por otro.
Y sólo cuando el sentido común se
superpone al deseo y al orgullo somos capaces de actuar con
raciocinio. Pero es tan difícil que un alma llena de sueños y
aspiraciones haga caso de la razón y de nada más...
Incluso aquellos que saben anteponer la
responsabilidad y el sentido común al placer y a la devoción son
incapaces de acallar esa vocecilla infantil llamada ilusión. Cada
decepción, cada frustración, cada idiota que se cruza en nuestro
camino le da un varapalo a esa inocencia interior, poco a poco
matando una de las cosas más bellas y puras que tiene el ser humano:
el alma.
Sin embargo, si el cáncer se coge a
tiempo, se puede extirpar y clavar el merecido puñal de plata, pero la recuperación debe ir al ritmo que
requiera el cuerpo.
Y nadie, ni siquiera el propio enfermo puede
obligar a tu cuerpo a sanar más rápido de lo que está capacitado, igual que nadie puede obligarme a sonreír cuando lo que necesito es gritar.
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